sábado, 1 de diciembre de 2012

Azul Barú

No, ése color no lo tenía prismacolor, no, ése color nunca lo tuvieron las crayolas que sabía comerme con tanto gusto en preescolar, no, ése color ni siquiera lo había visto en un puesto de frutas de toda la minorista. Ése color sólo lo iba a conocer ahora, uno nuevo, para mi recientemente ampliada paleta de colores.

Azul Barú es un eléctrico, energético, magnético, fresco, arenoso, luminoso y caluroso color que se puede encontrar a 2 horas de la amurallada y romántica ciudad de Cartagena de Indias, en un día normal a las 10 u 11 de la mañana. A mi me lo presentó oficialmente un muchacho con unos ojos muy parecidos a su corazón, un noviembre atareado en el que decidí hacer un alto porque valía la pena. Sin ninguna duda pintarse es lo mejor de éste color, meterse ahí y dejar que la extraña corriente lo lleve a aguas más frías o cálidas durante una tarde, es un regalo que uno no debe ni merecerse. Es un color tibio, que al pintar acaricia, que no es agresivo a pesar de su tono eléctrico y que se pone coqueto al atardecer y alegre en las mañanas.

En la tarde al sol le da envidia y por llamar la atención, se pone rojo y decide perderse así en el horizonte de gamas de azules separadas por líneas de variada intensidad. La arena es igual o más entrometida que los cangrejos, tiene complejo de omnipresencia y es por eso que hasta hoy creo tener arena en lo que me acompañó en la experiencia. Ésa inolvidable sensación de bailar sobre ella tiene un precio, y es el de recordarla para siempre.

Desayunar arepa de huevo, suero, jugo de corozo y patilla con la complicidad del resplandeciente azul barú recién despertando sus brillos gracias al astro rey y la arena blanca como una sábana bajo los pies, siempre me serán recuerdos claves para nunca olvidar ésa mañana en la que se aumentaba mi ahora nueva paleta de colores.