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| ÁLBUM |
Una de las caminatas más largas y extenuantes,
que luego confirmó con el paisaje, que el precio
que se paga siempre es equivalente al premio.
Definitivamente tocó madrugar, dejé mis chiritos donde mi prima y me fui rumbo a conocer personalmente un páramo y más lagunas sagradas para engrandecer la lista de la colección de paisajes. Cuándo nos encontramos a Jimmy, estaba más que preparado, hoja de ruta, contrato del guía, canelazo y kit de dulces para todos. Él sabía lo que nos esperaba, nosotros optimistas, acostumbrados a caminatas de 2 horas con cascada o charco como meta, ignorábamos aspectos como que el soroche existía.
Próxima estación Guasca Cundinamarca, un pueblito en donde compramos panes en una panadería chiquita y donde un carrito modesto nos condujo a la entrada de un camino por una carretera polvorienta. Nos bajamos, conocimos al guía, que como casi todos los guías se llamaba John, y comenzamos a consumir paisaje. Allí, así uno mirase a la derecha o la izquierda, veía papas, cultivos infinitos de ellas, y una que otra vaca lo suficientemente peluda para soportar el arrebatado frío. Las montañas chiquitas, achatadas pero amplias hacían alcanzable la llegada pero serpenteante el camino. 4 horas y seguíamos subiendo, el paisaje ya contaba con pinos y pastizales amarillos en donde uno que otro hongo asomaba su colorida cabeza.
La entrada al parque!, que maravillosa casita!, la soledad y el paisaje la hacían deseable para vivir allí simulando un cuento de libro infantil. Cruzando el umbral es claro el cambio de paisaje, pues comienzan a aparecer tímidamente los pacientes y absorventes frailejones, para rematar con un fastuoso espectáculo de un bosque infinito de ellos al rededor de las 3 lagunas. El cansancio comienza a aparecer casi al mismo tiempo que la primera laguna, enorme y amplia, con algunos paticos que deben ser resistentes a la congelación dada la baja temperatura a la que puede estar el agua. Luego de caminar un rato más, entre miles de frailejones está la segunda laguna, en la que quise quedarme como un acto de conversación y largo saludo, provechoso también para mi descanso mientras los demás seguían a la tercera, que estaba encumbrada en lo alto de unas cuchillas glaciares esculpidas detalladamente por el tiempo, a la cual definitivamente no subí para dejarla como un incentivo, con el fin de verme obligada a volver. Ahora sí despedirse, tomar fuerzas, fotos, y fortaleza para devolverse a la realidad.
6 horas de subida, sin almuerzo y con un vuelo que tomar a las 8 de la noche de ésa misma noche era la agenda del día. Iban siendo las 2 de la tarde y faltaba bajar lo que nos había tomado subir medio día. Faltando casi un cuarto de camino y siendo las 5 de la tarde un carro apareció como si fuera una virgen en una pared milagrosa y le puse la mano en un acto de ingenua esperanza. El carro paró, me despedí de mis amigos dejándolos ahí en medio de prácticamente la nada y me fuí sola con los desconocidos rumbo a Guasca y de ahí a ver cómo llegar al aeropuerto. Pero cuál aeropuerto? si de frente me encuentro con un asadero de pollos!, definitivamente fué la mejor cola y pola de mi vida entera. Tenía tanta hambre que me comí todo con una rapidéz flashiana y me concentré tanto que pasó el tiempo y pudieron llegar mis amigos en una camionetica que afortunadamente encontraron en el camino, (a manera de contextualización comento que la chica que venía conmigo en el carro salvador tuvo que ser llevada al hospital, luego de ponerse verde, por haber caminado desde la entrada del parque, éso sí, ella había almorzado).
Retornar a Medellín y al trabajo al otro día, tener que botar los zapatos porque hasta ahí cumplieron su vida útil, reconocerse en una segunda visita al Bacatá en un nuevo ciclo de vida y conocer nada más y nada menos que una fábrica de agua tan majestuosa como Siecha y sus lagunas, son premios que uno paga con precios demasiado bajos así impliquen caminar con hambre y altura.
Retornar a Medellín y al trabajo al otro día, tener que botar los zapatos porque hasta ahí cumplieron su vida útil, reconocerse en una segunda visita al Bacatá en un nuevo ciclo de vida y conocer nada más y nada menos que una fábrica de agua tan majestuosa como Siecha y sus lagunas, son premios que uno paga con precios demasiado bajos así impliquen caminar con hambre y altura.

