"El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada
va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus rubíes.
Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes
y comprendemos que ya no importa".
Cortázar.
El calor es casi no sentir nada sino incomodidad para estar. Estar allí era casi imposible, nada sucedía, la atmósfera era pesada y transportarse generaba en la piel una capa pegajosa que demostraba físicamente que estabas en el potente Magdalena Medio sobre las corroídas vías de lo que alguna vez fue el progreso de un país férreo que ya no camina por esos rieles porque ya no los considera productivos. Pero transportarse era estar, quizás porque era una manera de irse, o de realmente ubicarse en un paisaje de montañas chiquitas mezcladas con grandes planicies, techos grises y ríos cafés, donde las tardes pasaban inmutables acompañadas de un helado, un salpicón o una chismoseada sobre una vida ajena dada la deficiente oferta de planes del contexto.
Guiar un caballo, perderle el miedo a las mulas, conocer los cocuyos, entrar primero al campo (y de noche) que al pueblo, captar una imagen inolvidable de un bateador de rió descansando en un claro de luz luego del trabajo, un baileys en la calle, otro viaje más en motorrodillo y cosas por el estilo, eran las situaciones que ahora transformadas en recuerdos llegan y me susurran que en realidad estuve allí. Ir al río era una de esas curvas en la variable que se configuraba en osadía por el hecho mismo de arriesgarse valientemente a enfrentar su corriente. Una vez hubo un circo, una vez hubo enfrentamiento con ese río, pero lo que realmente cambió todo fue haber logrado ESTAR allí, para saber ahora en donde esconder el rencor y el miedo.
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