lunes, 2 de mayo de 2011

Guatavita!!


Resulta obvio agradecerle a Charly García por lo que le ha hecho a la música contemporánea, pero lo mío en éstas circunstancias es diferente. Al Charly García ausente debo agradecerle mi encuentro con Guatavita, con lo que ahora tengo y con grandes amigos, pues al señor, en una de sus características excentricidades se le dió por cancelar el concierto programado para el 29 de noviembre de 2009, lo que configuró inservible la compra del tiquete de avión para llegar a tiempo a su derroche de artilegios luego del ECAES. Tomo entonces la decisión de viajar con el único y no menos fabuloso fin que de conocer.

Muy fuera de mi acostumbrado "bajo control", llego a la fría y no bien ponderada Bogotá, a un aeropuerto dónde nadie me esperaba y en el que estaba más desorientada que un chino en la oriental, mientras la pobre Carito estaba siendo una víctima más del ahora famoso carrusel de la contratación. Por otra parte muy dentro de las acostumbradas "apariciones coincidenciales" de John, lo veo caminar hacia mí en las afueras de ELDORADO (vaya curioso nombre!), para así acabar con mi extravío, convirtiéndose en mi lazarillo de metrópoli. Más tarde Carito aparece y puedo por fin abrazarla, sin imaginar que eso sellaría una amistad que estaría presente en los viajes más sagrados que he realizado. De ese momento como un destello, recuerdo una Cocacola...

Nos dirigimos al infaltable centro. Recuerdo que la perspectiva de la décima me gustó, lo expresé y ambos me miraron con ojos de "está loca ¿cómo puede gustarle ésto?", a lo que les doy la razón en la primera parte del postulado. Me condujeron al Chorro de Quevedo, que estaba tan solito como un champiñón y en el que habían champiñones y chicha. De ese momento como un destello, recuerdo un Shrek muy mañé, un árbol de navidad enorme en medio de la plaza de Bolívar, a Gaitán, la suave textura del pelaje de una llama y una señora gritando "Virulea" en la séptima.

Me señalan la Luis Ángel. Me explican cómo utilizar transmilenio y yo trato de entender, la madre de Carito me hace digna de una lasagna y una compañía deliciosa para luego partir a la casa de Liliana y Luis, sin los cuales definitivamente me habría sido imposible sobrevivir esa semana. Siendo temprano en la mañana me levanto rumbo al centro sola... Próxima estación Museo del Oro, sin saber que significaría eso para mí en el futuro. Me bajo rumbo a CONOCER. Frente a la gran vidriera de la Luis Ángel descanso y pienso en Manu Chao, otro al que debo agradecerle media tonelada de cosas. En la sala Luis Caballero me siento a ver dibujar a una muchacha, cosa que admiro fervorosamente dada mi imposibilidad para hacerlo y recorro las bibliotecas cercanas con ayuda de un libro llamado "Bibliotecas de Bogotá". De ese momento como un destello, recuerdo una empanada de queso y a Gonzalo Arango en la casa de José Asunción Silva.

Llega Carola y con ella la noche, antes de eso aprovecha y me lleva a la Biblioteca Nacional. Luego de un cafecito, ideal para consolidar la amistad, descanso. Al próximo día tengo trabajo que hacer y me dirijo al MAMBO, luego a la Nacho con John y en el marco del escenario de la Perola consolidamos también una amistad basada en las coincidencias necesarias. Guatavita se acerca.

Ese día, un nuevo color entró a mi paleta de colores. En mi memoria ahora está lo que realmente queda luego de 3 años, los detalles se esfuman, pero recuerdo levantarme temprano repleta de ánimo para un encuentro mágico, pero el ánimo se quedaba corto comparado con lo esperado. Portal del norte, edificios realmente excéntricos y muy colombianos a la vez me bombardeaban por la ventana del transmilenio. Sin duda pedí la rebaja respectiva en el bus intermunicipal, la cuál fué concedida. Luego de 1 hora de viaje, Carolina anuncia la llegada a un lugar en medio de la nada: una carretera gris que subía, pronto, nos encontraríamos de ahí para arriba, la señales que indicaban que estábamos cerca. Un dulcecito de harina con arequipe que traía recuerdos de amores añejos para recobrar la energía y seguir para arriba, luego, hacer autoestop a camiones paperos grandes y chiquitos que nos ignoraban, hasta que por fin uno, llamado Raúl y llanero, se apiadó de nosotras y nos hizo el honor de ser sus pasajeras. Enormes y perfectos cultivos de papas reposando y creciendo en montañas bajitas en donde los separaban las vacas, era lo que nos otorgaba el paisaje. Al descender triunfantes de nuestro gran logro de lata y cables, cuyas placas hice alguna vez en un chance, se nos hincharon los pulmones con atmósfera azul clarito combinada con café, amarillo tierra y verde cultivo. Pronto se llenarían los demás espacios necesarios de nuestra alma y nuestro cuerpo de un bienestar otorgado por años de conocimiento, paz, armonía y la tranquilidad que da la naturaleza y la sinceridad de los sentires, ése era el color nuevo: un verde Guatavita.

Recuerdo un portón grande, una bienvenida corporativa a un lugar sagrado, hacer el pago respectivo en la taquilla en donde la publicidad nos decía que "Era para conservar el lugar y que no sucediera como en épocas anteriores". La actitud de barequera paisa no sirvió de nada allí donde rigen los estándares y entramos por el mismo precio que cualquier otro ciudadano del común, con una peculiaridad: Sin batería en las pilas de la cámara. De ése momento como un destello, recuerdo la llamada de Camilo a preguntar por mi viaje. Frotamos las pilas, pues tuvimos la desventaja de que no nos prestaran ningunas y que no hubiesen tienditas en el lugar. Teníamos pocos compañeros de ruta, pues era un miércoles, lo que hizo que tuvieramos un recibimiento maravilloso por parte del guía. Entramos a una casita que representaba un lugar sagrado para los Muiscas, ése no era un lugar cualquiera, tenía un centro, varios pilares fundamentales y dos puertas, una para entrar y otra para salir, los Muiscas decían que nunca se sale siendo el mismo de allí... Tenían razón. Sentadas en el centro, John nos dió una bienvenida en chibha que generó ese momento en que las emociones trascienden a lo físico transformadas en lágrimas tímidas que se esconden como escapadas.

Caminamos realmente poco, tan poco, que fue una sorpresa cuando al mirar a mi izquierda, estaba la concentración de agua más maravillosa, grande y verde que nunca había visto jamás. Nos recibió con una calma digna y serena, mostrándonos su majestuosidad con remolinos amarillos en donde reposaban algunos afortunados patos. Ella me presentó la tranquilidad y lo natural que es en el ser humano la necesidad de creer, me enseñó que viajar es la terapia más curativa sobre el universo y que lo sagrado existe.  De ése momento como un relámpago, recuerdo el haber imaginado sus orillas repletas de hombres, mujeres y niños, de la más genuina, pura inocencia y fuerza, celebrando y esperando ver a su Zipa, coronado, surgir bañado en oro de la sagrada laguna en donde Guatavita se ahogó con su hija por una pena de amor, para luego convertirse en la reina de las aguas y emerger en las noches de luna menguante en medio de la espesa neblina, para escuchar los ruegos de su pueblo, al igual que ahora lo haría el gran cacique Dorado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario