Primero el olor. La sensación de aumento de temperatura nos anuncia la llegada al valle si es que aún no lo habíamos notado en el trancón de la autopista norte. De las laderas a lado y lado del valle brotan casitas que transforman el verde en ocre y trepan lomas, planicies, bordean cerros y lo llenan todo. Ahí habita gente que baja al valle a habitar el trancón de viernes en la tarde como yo. Es incómodo, el aire es pesado y el paisaje no es precisamente un placer estético, sino más bien un choque de circunstancias que han puesto todas esas casas así. Fluye un poco el trancón y se deja ver una nave espacial gigante de la que salen cápsulas suspendidas de un cable. Una fuerza extraña vomita esas cápsulas que suben la montaña y vuelven a bajarla colgadas de un cable y llevan personas adentro; es el nuevo metrocable de Picacho que pasa por encima de nuestras cabezas y rompe el paisaje demostrando porque esta ciudad está llena de contrastes. A mis ojos y viniendo de donde vengo, todo parece un futuro-presente distópico lleno de autómatas con tapabocas siguiendo rutinas antinaturales impuestas también por una fuerza extraña. Los ríos son marrones cómo las montañas y huelen mal. Los habitantes de esta ciudad tienen hollín en su piel y pulmones. Tienen hambre y miradas tristes, los hay de muchos colores y procedencias, todos buscando en sus rutinas cómo sobrevivir el día a día, unos más sucios, otros más limpios, pero al fin es igual. Entramos al centro, las personas por metro cuadrado se multiplican y así las posibilidades de que cualquier cosa pueda suceder, como ver una vendedora ambulante muy bastantona chupando chococono con gafas de animal print, porque ante todo Medehollín es una ciudad con estilo. Veo un carrito ambulante vendiendo chicharrón con papas y casi me tiró de la moto. Ahora son las 6 de la tarde de un viernes y estoy en el corazón del hueco (un buen nombre para el centro de este valle encerrado entremontañas que te atrapa y secuestra como si fuera un hoyo), y recuerdo que lo que me hace salir de casa y estar aquí es la gente, sus rostros, sus quehaceres simples que sostienen toda esta red de circunstancias que mantienen viva está ciudad, una ciudad, cualquier ciudad.
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